Colorín Ensangrentado Series: 03 – La Sirenita

Ariel, de pie en el camarote donde el príncipe dormía con su esposa. Sostenía el cuchillo que le había sido entregado por sus hermanas mientras la certeza de que nunca podría volver a su vida anterior en las profundidades del océano caía, pesada, sobre ella. No podía cometer un acto tan terrible como era arrancar el corazón de su amado, precio que debía pagar para regresar. Acarició suavemente su rostro, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Cuando llegó a ella, el recuerdo de todo lo que había pasado en las últimas semanas la hizo detenerse: el profundo amor que había sentido por el príncipe cuando, aún siendo una sirena, vio su rostro por primera vez; la necesidad incontrolable de convertirse en un ser humano para estar con él, aunque eso significara hacer un trato con la temible bruja de las profundidades, la cual se había quedado con su voz a cambio; el dolor de mil agujas que se clavaban en su alma cada vez que daba un paso con aquellas piernas que de tan poco la habían servido; la pérdida de sus seres queridos, que antaño se agolpaban a su alrededor para escuchar sus hermosos cantos; la incapacidad de hacer entender al príncipe que aquella a la que había tomado como esposa no era, como él pensaba, la que le había salvado de morir ahogado.Desde el principio de su nueva vida, la esperanza de que el príncipe la viera algún día como ella le veía a él le ayudó a soportar el dolor, a ver esos sacrificios como una simple piedra en el camino de su felicidad. Pero todo había sido en vano. Él había elegido a otra, y ella habría de aguantar esa carga hasta el fin de sus días. Sola.

-«Pues va a ser que no» – pensó.

Volvió sobre sus pasos con los dientes apretados, con un rápido movimiento cargado de furia clavó el puñal hasta el mango en el pecho del príncipe.Por un momento se quedó mirándole, mientras sostenía su corazón, que aún latía en su mano. Los ojos del príncipe se habían abierto de par en par y boqueaba tratando de decir algo, pero tan solo un hilillo de sangre salió de su boca. Ariel salió del camarote ignorando los aullidos de terror de la nueva viuda.

Tras deshacerse de toda la ropa que llevaba encima, Ariel se lanzó por la borda a las revueltas aguas que la acogieron de nuevo en su seno.Nada más sumergirse, el corazón del príncipe se deshizo en su mano. Su vieja cola reapareció y el dolor producido por sus antinaturales piernas se esfumó. Volvió a sentirse viva, más que nunca tras haber terminado con su suplicio. Quiso cantar, pero tan solo burbujas salieron de su boca. Por lo visto, el trato de sus hermanas con la bruja no incluía devolverle su preciosa voz. Siguió nadando, quitándole importancia al asunto. Al menos volvería con su familia, con sus amigos…Sin embargo, el recibimiento que le dieron no fue el que ella esperaba. Su padre, el Rey Tritón, enterado ya de todo lo sucedido esa noche, renegó de ella. Quizá hubiera podido perdonarla por abandonar su hogar para siempre por un humano, era joven y alocada, ya lo sabía. Pero lo que no concebía es que una criatura tan dulce como ella hubiera sido capaz de cometer un acto tan abominable como acabar con la vida de otro. Por ello, y con todo el dolor que un padre puede sentir por la sangre de su sangre, la desterró fuera de sus aguas y prohibió su regreso bajo pena de prisión por el resto de su vida.

Ariel nadó durante días, incansable, lejos de todo lo que amaba y que no supo apreciar en su momento. Llegó a un lugar donde las aguas eran más oscuras de lo habitual, incluso cerca de la superficie. Allí no moraba ningún otro ser vivo. Nadie que pudiera decepcionarla de nuevo.Pasaron los años. Desde la muerte del príncipe los humanos habían perdido el respeto reverencial que desde siempre habían tenido por el mar. Se había corrido la voz de que una malvada criatura enviada por él había sido la que había puesto fin a la vida de su príncipe de una forma tan terrible. Durante un tiempo se dedicaron a esquilmarlo sin medida. Arrasaban con todo lo que se les ponía por delante. Cuando vieron que cada vez era más difícil sacar provecho, no tuvieron reparos en convertirlo en su vertedero. Todos los días, barcos cargados de los desechos producidos por sus ciudades vertían su contenido en las aguas que se iban tornando cada vez más oscuras. Toda clase de basura flotaba hasta el alcance de la vista y poco a poco las criaturas que habían sobrevivido antes, fueron desapareciendo. Solo las más fuertes consiguieron resistir, ente ellas Ariel, pero a qué precio.Los mares no volvieron a ser lo mismo desde que un puñal empuñado por un amor roto arrancase la vida del príncipe.

Ariel se sentía responsable de todo lo que vino después, pero lejos de encerrarse en su soledad y su remordimiento, lejos de compadecerse eternamente, quiso enmendar de alguna forma el mal que había provocado a los suyos.Desde entonces, por todo el reino se esparcen rumores. Historias de barcos hundidos y de tripulaciones desaparecidas. Unos hablan de una hermosa criatura que hechiza con su canto a los insensatos marineros que antes de darse cuenta zozobran sin remedio contra las rocas; otros, de un espantoso ser que amparado en la oscuridad de la noche aborda los barcos y devora a todo aquel que encuentra en su camino.Una vez los humanos le parecieron seres maravillosos, pero de ellos tan solo había obtenido sufrimiento. Quizá el devolverles una parte, le sirva para atenuar algo ese dolor que la acompañará hasta el fin de su vida.

Boops de las profundidades


Las profundidades marinas son todo un misterio para los seres humanos. Por eso, hace cientos de años, en estos abismos y llegados de aguas menos profundas, vinieron a esconderse toda clase de criaturas: sirenas, hadas acuáticas, brujas y genios. Su prioridad era alejarse todo lo posible de los trastornos que los humanos empezaban a causar en estas especies con sus barcos, redes y arpones. Todo ello, producto de su excesiva curiosidad, a veces malsana,  por los escurridizos seres mágicos que apenas se dejaban ver.

Desde el principio las cosas fueron muy difíciles para Boops y los demás genios. La falta de luz y el gran silencio que se extendían por aquellas recónditas zonas del planeta, causaban temibles estragos en su estado de ánimo. Algunos incluso habían llegado a marchitarse hasta dejarse morir.

Los genios siempre han sido seres juerguistas y alegres, amantes del jaleo y las buenas celebraciones. Su pasatiempo favorito consistía en colarse sin ser vistos en las fiestas realizadas por los piratas en sus barcos, tras haber conseguido hacerse con un buen botín. Para un genio, que podía pasar inadvertido a los ojos humanos gracias a su pequeño tamaño y capacidad para volverse invisibles, no había nada mejor que unirse a los cánticos, bailes y consumo desmesurado de ron, sin ser vistos.

A veces, cuando un genio consumía más alcohol del debido, se relajaba y sin darse cuenta, su facultad de volverse transparente pasaba a un estado de semitransparencia que alertaba a alguno de aquellos aguerridos piratas que, afortunadamente, tras unos segundos de sorpresa acababan pensando que era una visión causada por su profundo estado de embriaguez.

Los piratas eran los seres humanos favoritos de los genios marinos. Personas sin moral, sin prejuicios y sedientos de libertad. Y a veces, aunque un poco de más para el gusto de los genios, de sangre y por supuesto, de ron. Ese ron que tanto gustaba a Boops.

Un día, o noche (en los fondos abisales era imposible saberlo), Boops, que llevaba más de doscientos años aburrido como una ostra, decidió que era hora de asumir las consecuencias de abandonar aquellas profundidades para unirse de forma definitiva a las aventuras de sus idealizados piratas. Si cualquier habitante mágico de las profundidades se acercaba un mínimo a la superficie, quedaría desterrado para siempre y tendría que asumir los riesgos de vivir expuesto y en soledad cerca del mundo de los peligrosos humanos. Pero Boops había llegado a un punto de tedio y desesperación, que el solo hecho de verse otros doscientos años nadando de un agujero oscuro a otro y escuchando por enésima vez a las antaño divertidas sirenas quejarse sobre si su antes bronceada piel se estaba volviendo grisácea por la falta de luz solar, le ponía el tupé más de punta de lo que ya lo tenía.

Boops lo había pensado todo al detalle: los piratas le dejarían viajar con ellos y beber todo el ron que quisiera a cambio de protección contra las tormentas y la formación de corrientes favorables en los días de poco viento. Eso le ayudaría a, con el paso del tiempo, ser bien considerado y, quien sabe, en algún momento incluso, elegido Capitán. El trato era perfecto para ambas partes, así que, ignorando las advertencias de sus compañeros de especie, que a pesar de estar tan aburridos como él no querían correr ningún riesgo, emprendió su camino ascendente sin mirar atrás.


Cuando llegó al punto en el que la luz del sol consigue abrirse paso a través de las azules aguas, la felicidad le embargó como hacía siglos, así que apretó el ritmo para sentir el calor de los rayos solares. Cuando alcanzó  la superficie un olor extraño llegó hasta su nariz, el agua olía raro y trozos de algo inerte flotaban formando pequeñas islas. A lo lejos vislumbró un inmenso armatoste flotante y voló hasta alcanzarlo, estaba fabricado de un material pesado y frio y dejaba a su paso un rastro de algo pegajoso, apestoso y brillante.

Quizás las brujas que habían decidido retirarse con los demás seres mágicos a las profundidades, a pesar de que su aspecto las hubiera permitido vivir como humanas en la superficie, tenían razón después de todo. Iban contando por ahí que en sus bolas mágicas veían un mundo enfermo y contaminado por la acción del ser humano. Pero Boops estaba tan ansioso y centrado en llevar a cabo su plan de convertirse en un temible pirata, que siempre había querido pensar que era una estratagema articulada por la Reina de los Mares para mantenerlos presos ahí abajo y, el genio, había hecho campaña activa ante todos en contra de estas advertencias.

Boops voló y nadó de un lado a otro en busca de un barco de madera con el mástil adornado con su amada Jolly Roger, pero todo lo que encontró fueron artefactos contaminantes, acumulación de basura y animales capturados en masa. Las brujas estaban en lo cierto y él ya no podía volver para decírselo.

Y así es como Boops llegó a Villaoscura y nos contó su triste historia.

No sabemos si este es el lugar adecuado para un genio, pero vamos a dejar que pase unos días con nosotros descontaminándose y cuando esté recuperado del todo, dejaremos que vuele hasta los oscuros mares de Inframundo donde las bestias marinas son realmente aterradoras, los piratas sanguinarios como pocos y llevan sus bodegas cargadas de barriles del mejor ron. Ojalá Boops consiga hacer realidad ese sueño que le llevó a abandonar a sus amigos y conocidos para siempre.

 

Colorín Ensangrentado Series: 02 – La Bella Durmiente

El príncipe consiguió salir a trompicones del espeso bosque de zarzas gigantes que protegían el viejo castillo. Esa mañana se había vestido con sus mejores galas, la ocasión lo merecía, pero no contaba con atravesar toda una alambrada de vegetación espinosa dispuesta a hacerle jirones su ropa hasta hacerle parecer un confeti andante. Menos mal que se había puesto muda limpia, porque era lo único que le había aguantado de una pieza.

Ante él se alzaba, por fin, el imponente edificio. Aparentaba ser lo que era: un castillo abandonado durante ciento sesenta y cuatro años. A pesar de su triste aspecto, la leyenda aseguraba que en su interior guardaba un valioso tesoro en forma de hermosa princesa. La pega era que dicha princesa había permanecido presa de un profundo sueño durante todo ese tiempo, y el príncipe no sabía lo que iba a encontrarse. Cruzaba los dedos para que fuera cierto lo que le habían contado: que un hechizo la protegía del paso del tiempo y mantendría la misma belleza por la que fue famosa en su época. Pero también cabía la posibilidad de que le hubieran colado una trola y se encontrase con un cadáver devorado por los gusanos. Resopló su despeinado flequillo, se subió los calzones hasta cubrir todo lo necesario y emprendió la marcha al encuentro del castillo.

Las puertas estaban entreabiertas, pero por mucho que empujaba no cedía un milímetro. Tampoco es que fuera el más fuerte de la clase. Afortunadamente el hueco entre los dos portones era suficiente para que, metiendo tripa y sufrir algún arañazo más, pudiera escurrirse hacia el interior. Una vez dentro tuvo que esperar unos segundos hasta que sus delicados ojos se acostumbraron a la tenue luz que, por decir algo, iluminaba el gran vestíbulo. Dio un respingo cuando distinguió por toda la sala una serie de siluetas humanas que corrían hacia donde él se encontraba con garrotes, cuchillos y otros objetos contundentes. Tras unos segundos de tensión, volvió a abrir los ojos. Primero uno muy despacio, y después el otro con valor renovado. Abandonó la posición fetal de defensa que le habían enseñado en la escuela de príncipes no valientes y se incorporó muy despacio para observar que la multitud permanecía en la misma posición, inmóvil. Al observar más de cerca, comprobó que, en efecto, en el pasado, justo antes de congelarse en el tiempo parecían correr todos hacia el mismo sitio. Como si tratasen de detener algo o a alguien que se hallaba justo donde él estaba ahora.

En realidad, es una historia bastante curiosa la de estas estatuas humanas. No se trataba sino de los habitantes del castillo, que permanecían bajo el hechizo que les había lanzado el hada encargada de proteger a la niña para evitar que cayera en la maldición que se cernía sobre su futuro. Pues bien, ya que había fallado en su misión principal, y para que la princesa no se sintiera sola al despertar tras cien años de sueño (sí cien años, luego aclararemos este punto), no se le ocurrió otra cosa que lanzar un hechizo a todos los habitantes del castillo para que al igual que la niña, permanecieran “dormidos” hasta que ella despertase. Pero el hacer las cosas deprisa y corriendo lleva a que no salgan como uno espera. Y si una turba colérica se abalanza sobre ti porque tus intenciones no acaban de convencerlos, lo más fácil es que el hechizo se formule deprisa y corriendo, no se vocalice bien y, en vez de dormirlos, tan solo los paralices y sean conscientes en todo momento del paso del tiempo. Menuda faena.

Pero volvamos con el tenaz príncipe al que ni las zarzas asesinas, ni las estatuas humanas amenazantes pudieron doblegar su voluntad.

Repuesto del susto, y tras comprobar que sus elegantes calzones estaban ahora algo húmedos, avanzó directo a unas escaleras que se hallaban en el fondo del vestíbulo. Algo le decía exactamente qué dirección debía seguir. Siempre había presumido de tener un instinto muy afilado para ciertas cosas. Y luego estaban las flechas que había pintadas en el suelo cada pocos pasos marcando el camino, que también ayudaban algo. Ese hada estaba en todo.

legó a un largo pasillo en cuyo final una robusta puerta que se abrió por arte de magia al llegar el príncipe hasta ella. Al penetrar en la estancia, el asombro le hizo abrir tanto la boca que le costó dios y ayuda volver a encajarse la mandíbula. Ante él se encontraba, tendida en un lecho con sabanas de oro, la criatura más bella que jamás había tenido el privilegio de contemplar. Aparte de él mismo, claro. Una joven doncella, yacía cubierta por una fina mantita de hilo dorado. Cerró el puño y celebró que fueran ciertos los rumores. El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera salir al encuentro de su recién descubierto amor. Los ronquidos que salían por su boca entreabierta no importaban, ahora había tratamientos muy eficaces y, además, quizá después de tantos años durmiendo no necesitaría hacerlo nunca más. Se obligó a serenarse, puesto que quería que la primera visión de la chiquilla en su vuelta al mundo de la vigilia fuera la de alguien que transmitiera calma y saber estar. El que alguien que se presentaba ante una jovencita con la ropa hecha flecos, con el cuerpo lleno de arañazos y mostrando unos calzoncillos rojos con corazones blancos un poco húmedos tanto por delante como por detrás, le pareciera una imagen tranquilizadora era digno de estudio.

Una vez terminadas las comprobaciones, recolocado el flequillo rebelde y haber comprobado su aliento, avanzó hacia su amada a la vez que un murmullo de expectación parecía levantarse por todo el castillo. El príncipe caminó ajeno a lo que le rodeaba con los labios en modo “beso de amor verdadero” y justo cuando iba a posarlos sobre la delicada boca de la princesa la habitación comenzó a dar vueltas un breve instante mientras escuchaba un “Ooooohhhh” de fastidio que retumbaba por todo el edificio. Después, oscuridad.

El principesco cuerpo cayó desmadejado mientras un potente chorro de sangre brotaba por el lugar donde segundos antes había llevado la cabeza y su flequillo. Ahora, esta yacía aún con los labios fruncidos al pie de una pila de calaveras que servían de soporte a la cama de la princesita. Con el embelesamiento que le había producido la visión de la durmiente no había reparado en los cuerpos que yacían por toda la estancia en distintos grados de descomposición.

La sombra que había surgido del cuerpo de la joven y que había rebanado el perfumado cuello de nuestro galante protagonista, justo antes de que este rompiera la maldición, regresó a su lugar de reposo en el corazón de la bella durmiente.

“Cien años han de pasar hasta que la princesa reciba un beso de amor verdadero, y con ello la maldición llegará a su fin.” Así rezaba la profecía. La maldición original suponía que al cumplir dieciséis años la princesa caería en el sueño eterno de la muerte al pincharse con la aguja de una rueca. Lo de los cien años de sueño con final feliz fue un apaño que la antes mencionada hada protectora se sacó de la manga para evitar tan cruel destino a la inocente niña.

Pero la pobre hada, que tiempo después perdió sus alas por sus continuas meteduras de pata, no contaba con que la princesa tuviera una parte de marmota en lo más hondo de su espíritu. El subconsciente de la joven no creía que cien años de sueño fueran suficientes. Con lo a gustito que se encontraba ella en su cama calentita con su manta y con su bolsa de agua siempre caliente a los pies, cortesía del hada. Con el paso del tiempo logró materializarse en la sombra mortal que surgía de la niña cada vez que alguien amenazaba con despertarla. Y cada vez que eso ocurría, se podía escuchar un lastimero “Ooooohhhh“ procedente de las pobres estatuas humanas que veían desvanecerse otra oportunidad de volver a la vida animada.

Sesenta y cuatro años habían transcurrido más allá de los cien que se profetizaron, y quién sabe cuántos más habrían de pasar hasta que la bella durmiente decidiera que ya había descansado lo suficiente. Por lo pronto, se arrebujó en su mantita y se giró a un lado con una sonrisita de placer.

Y colorín ensangrentado…

Colorín Ensangrentado Series: 01 – Cenicienta

 

Cenicienta no se encontraba bien. Se había despertado sobre su propio vómito en su rinconcito de la cocina donde su querida madrastra la obligaba a dormir cada noche. Le dolía la cabeza y su estómago no dejaba de moverse de un lado a otro, o eso le parecía ella. Ahora casi se arrepentía de haber bebido tanto la noche pasada. Había sido su primera vez. Había descubierto que a medida que caían las copas era mucho más sencillo aguantar al príncipe y sus monólogos acerca de sí mismo, de sus caballos, de sus palacetes… Así que entre pieza y pieza del magnífico baile abordaba al incauto sirviente que pasase más cerca de ella con la bandeja de bebidas.

No había acudido al baile con idea de conseguir la atención del heredero del reino, al contrario que el resto de las asistentes. Pero se había visto obligada a pegarse a él, ya que su querida madrastra y las alimañas que tenía por hijas la habían reconocido. Pensó que permaneciendo junto a él no se atreverían a acercarse a ella, por lo menos esa noche. Después, ya en casita… Lo tenía asumido pero no la importaba. Que la quitaran lo bailado, nunca mejor dicho.

El problema surgió cuando, no sabe cómo, el príncipe acabo perdidamente enamorado de ella. Le prometió amor eterno, un hermoso palacio, y muchos hijos con el que llenarlo. Aguantó todo lo que pudo pero a medianoche no pudo soportarlo más. Se excusó con lo primero que le vino a la cabeza y ante la mirada sorprendida del príncipe, salió corriendo haciendo eses entre los asistentes al baile con una copa en la mano. Llegó a la escalinata principal del palacio milagrosamente sin haberse llevado a nadie por delante y habiendo evitado a las tres arpías. Como no podía ser de otra manera, gracias a esos taconazos que calzaba, a los que no estaba acostumbrada y menos con la cogorza que llevaba encima, tropezó y bajó los cincuenta escalones a trompicones. De dos en dos, de tres en tres… Pero sin caerse, eso sí. Y sin verter el contenido de la copa. Dio un último trago, se subió a la magnífica carroza que la esperaba y regresó a casa vomitando por la ventanilla. Ya había tenido suficiente fiesta por esa noche.

Cuando llegó, se quitó como pudo el magnífico vestido que muy amablemente le habían confeccionado unos pajaritos con la ayuda de cuatro ratones que habían salido de un agujero de la pared de la cocina. En ese momento Cenicienta dudaba de si eso fue real o solamente un recuerdo falso creado por su imaginación etílica. Cuando fue a quitarse los zapatos se dio cuenta de que le faltaba uno. Se agachó un poco, entrecerró los ojos para enfocar lo mejor posible y recorrió con la mirada el suelo de la cocina, pero resultó tan mala idea que acabó mareada viendo como todos los muebles y utensilios de la cocina, hasta las paredes, giraban alrededor de ella sin parar. Eso era lo último que recordaba de aquella noche. Era muy temprano. Demasiado. Y le había despertado un alboroto que llegaba desde el salón. Se acercó renqueante hasta la puerta de la cocina y se asomó con cuidado de no ser vista. Sus hermanastras saltaban de un lado a otro, alegres y nerviosas. Su madre les acababa de dar la buena nueva de que el príncipe visitaría la casa esa mañana. Ahora, la mujer se dirigía hacia la cocina. Cenicienta retrocedió de espaldas y tropezó con una silla justo cuando entró su madrastra con esa cara tan habitual en ella mezcla de asco, desprecio y odio que le salía tan bien le decía:

– Recoge todo este desastre y sal a cortar algo de leña. Hace frío y no queremos que el príncipe se resfríe mientras elige a una de mis hijas como reina. Después hablaremos de tu salida nocturna – y regresó al salón a tranquilizar a sus pequeñas hienas.

Cenicienta, cogió el hacha que reposaba junto a la leñera. Al tocar el mango, un agudo dolor de cabeza la hizo doblarse antes de caer al suelo. Fue solo un momento pero la joven había notado como algo si algo se hubiera roto dentro de su resacosa cabecita. Cuando se encontró algo mejor, recogió el hacha y salió al patio. Quizá el aire frío de la mañana le sentase bien.Al salir, vio como por el camino se acercaba un caballo cuyo jinete no era otro que el príncipe, que acudía a la anunciada cita. Al pasar frente a ella, el joven giró la cabeza para mirarla pero la visión de una mujer vestida con harapos y cubierta de ceniza y restos de vómito en el pelo le provocó tales arcadas que casi se cae del caballo.

Mientras veía como llegaba la puerta principal, otro fuerte pinchazo la sacudió. Esta vez fue más breve pero más intenso. Se incorporó y comenzó a partir leña con furiosos hachazos. Algo no andaba bien.Dentro, sus hermanastras se esforzaban como nunca para introducir sus pezuñas dentro del zapatito de oro que el príncipe había llevado consigo. Lo había encontrado en la escalinata del palacio cuando corrió detrás de la cenicienta en su huida. Estaba convencido de haber encontrado a su amor verdadero, la mujer a la que haría la más feliz del reino. La convertiría en su reina y la preñaría cada invierno para darle muchos nietos al viejo rey. Pero como no tenía ni la más remota idea de quién era esa misteriosa mujer ni de donde vivía, había tenido la brillante idea de proclamar que se casaría con aquella mujer a la que le valiera el zapato perdido. Sus consejeros aplaudieron durante minutos la genial ocurrencia del príncipe. Habría casi un millar de mujeres en el reino pero, por lo visto, solo a una serviría el zapato en cuestión. No podía ser de otra manera. El joven había comenzado a recorrer casa por casa desde que el sol asomó por el horizonte y curiosamente, por el momento el zapato no había encontrado a su dueña. Y ahora observaba atónito como esas dos señoritas se turnaban para intentar calzarse el delicado zapatito de oro.

–  “ Si fuera de cristal ya había estallado en mil pedazos” – pensaba el príncipe mientras, aburrido, miraba los horribles retratos familiares que colgaban de las paredes.

– ¿Seguro que no hay ninguna muchacha más en esta casa? – preguntó a la madrastra.

–  Fuera he visto… Bueno, no estoy seguro de lo que he visto, quizá fuera un espantapájaros… Pero está claro que sus delicadas hijas no son las dueñas del zapato de oro.

–  Alteza, están muy nerviosas, claro que el zapato pertenece a una de ellas – contestó ella- . Ahora mismo no recuerdo a cual, pero seguro que si vuestra alteza nos permitiera unos momentos en privado terminaríamos con todo esto enseguida.

El príncipe hizo un gesto de displicencia con la mano y las tres corrieron a la cocina con el sufrido zapato.

– Córtate los dedos, – le dijo a la mayor acercándole un cuchillo – cuando seas reina no necesitarás caminar.

La chica, como siempre, obedeció a su madre y se mutiló los dedos del pie derecho ahogando un grito de dolor. A pesar de todo fue incapaz de ponerse el zapato. Pero eso sí, lo tiñó de un color encarnado que combinaba muy bien con el oro. La madre miró a su otra hija y le dijo:

– Córtate el talón, cuando seas reina no necesitarás caminar.

La chica abrió los ojos como platos y negó con la cabeza mientras miraba a su hermana con cara de asco. Ésta trataba por todos los medios de contener la sangre que le salía a borbotones del pie y maldecía a su madre y a ella misma por ser tan tonta como para hacer caso de una idea tan estúpida (por no decir otra cosa).

Sobre los gritos se elevó una dulce voz que provenía del patio:

– Quizá yo pueda serviros de ayuda.

Las tres dirigieron su mirada a la puerta del patio y vieron a la Cenicienta de pie, con el hacha en la mano y los ojos perdidos. En efecto, algo se había roto dentro de ella. Se abalanzó sobre su madrastra. De un tajo le cercenó la cabeza, que fue rodando con gesto de sorpresa dibujado en su rostro hasta la puerta. Acto seguido se encargó de sus hermanas, que del terror eran incapaces de moverse, ni de emitir sonido alguno, tan solo el de sus tripas cuando se aflojaron y vertieron su contenido. Cenicienta descargó el hacha contra ellas una y otra vez. Cuando se cansó, el suelo era un amasijo de sangre, carne y heces.

Apartó lo que quedaba de sus hermanas para recoger el zapato. No se molestó en limpiarlo. Se acercó a la leñera y sacó el otro del lugar donde lo había escondido la noche anterior. Se los puso, recogió el hacha y caminó en dirección al salón, al encuentro de su príncipe. Justo antes de llegar a la puerta, ésta se abrió y, de nuevo, la cabeza de su madrastra rodó hasta el medio de la cocina con gesto de fastidio. El príncipe, se detuvo perplejo. Alternaba su mirada entre Cenicienta y el macabro escenario en que se había convertido la cocina. Abría y cerraba la boca pero las palabras se negaban a salir. Ni tan siquiera cuando se dio cuenta de que la chica cubierta de sangre que tenía ante él llevaba el par de zapatos puesto. Un atisbo de sonrisa comenzó a formarse justo cuando el hacha se le clavó en el centro de su encantadora cara. Cayó desplomado y su cuerpo se convulsionó por unos breves momentos.

Cenicienta desclavó el hacha del príncipe no sin cierto esfuerzo y se quedó alelada mirando la hoja ensangrentada.

Pero, ¿qué has hecho hija mía? – Cenicienta se sobresaltó al escuchar la voz a su espalda y con un rápido movimiento se giró y blandió el hacha de arriba abajo.

Ante ella estaba su hada madrina, la única que se había preocupado un poco por ella. Había movido muchos hilos para conseguir que Cenicienta dispusiese de todo lo necesario para acudir al baile la noche anterior. Se había tenido que buscar la vida porque sus superiores no le concedieron sus peticiones: transporte y ropas para su querida ahijada. Había tenido que hacer un cursillo intensivo para aprender a convertir hortalizas en carrozas, había pedido sus últimos días de asuntos propios para amaestrar a unos cuantos pajarracos y ratones para que fueran capaces de confeccionar un vestido y tuvo que atracar un local de “Compro Oro” de una familia de enanos para obtener material para hacer esos zapatos dignos de su ahijada. En resumen, lo había dado todo para que Cenicienta disfrutase de esa noche tan especial. Y ahora allí estaba, casi partida en dos y con cara de “Ya te vale” con la vista clavada en la joven. El hada dio un par de pasos hacia atrás y tropezó con la cabeza de la madrastra, que terminó debajo de una mesa con gesto de hastío. Por fin, se desplomó.

Sabía que debería sentirse muy mal por lo que acababa de hacer, pero la verdad es que no. Así aprendería a no abordar a la gente por la espalda. Bueno, ya no lo iba a hacer más, eso seguro. De todas formas, podría haber utilizado su magia para convertir el hacha en algodón de azúcar, por ejemplo. Sí, algo se había roto en su cabecita.

En el exterior comenzó a elevarse un murmullo que acabó por convertirse en una escandalera total. Su cabeza de martilleaba ahora con más fuerza. “La última vez que pruebo el alcohol”. Nada más pensar eso, le pareció oír una risita en alguna parte.Pasó por encima del cadáver y se asomó al patio. El viejo roble que allí se levantaba vestía sus ramas con una multitud de cuervos, que aún seguían llegando. Al pie del árbol, decenas de pajaritos muertos yacían patitas arriba ensangrentados. Lástima, ya no podrían vivir de la sastrería. Los graznidos retumbaban por todo el lugar. Cenicienta, a pesar de su jaqueca, salió al patio. No se dio cuenta hasta pasado un momento, pero había comenzado a bailar tímidamente al son de los graznidos. Los pájaros no se callaban y ella se iba animando cada vez más. Una rata se asomó por un agujero de la pared de la casa y dando saltitos se unió al macabro baile. Luego otra, y otra más. Correteaban entre los pies de la chica y saltaban unas sobre otras. Algunos cuervos, cansados de mirar, planearon hasta la Cenicienta y revolotearon a su alrededor mientras ella giraba sobre sí misma y reía como poseída. Todo terminó de golpe momentos después, cuando tanta vuelta la hizo vomitar, de nuevo, sobre las pobres ratas. Estas corrieron de nuevo a la seguridad de sus agujeros y los cuervos regresaron al viejo roble a toda prisa. Mejor mantener las distancias.

Seguían cayendo plumas sobre la Cenicienta cuando se limpió los labios y reanudó su baile, esta vez en silencio. Definitivamente algo se había roto dentro de la cabecita de la Cenicienta……lo más curioso es que fue feliz para siempre.

Colloquium (Acto IV: El desenlace)

 

 

Después del incidente de la camarera, Marco puso de nuevo la grabadora en marcha y comenzó diciendo:
Esta tarde antes de salir, quizá hayáis visto en vuestro muro de Facebook que me he tomado la libertad de preguntar a vuestros contactos que si tuvieran la posibilidad de haceros una pregunta en una entrevista, cual sería. ¿Os parece bien que incluyamos estas preguntas en la entrevista?
Ningún problema – respondió Laura.
Al contrario, nos hace mucha ilusión que la gente participe con nosotros, bien con comentarios, preguntas, sugerencias…
Pues bien, comencemos entonces. Ediciones Acontracorriente pregunta: ¿Cómo estáis tan fastidiados del coco?
Ambos se miraron de reojo antes de que Laura respondiera:
¿Fastidiados del coco? ¡Qué va!, de hecho, somos dos personas la mar de sanas mentalmente. El problema son las voces, que nos hablan y nos obligan a escribir y dibujar cosas – al escuchar esto, Marco recordó las voces de la grabación, y aunque Laura contestaba medio riéndose, se le puso mal cuerpo -. Dicen que si no lo hacemos nos abducirán y nos llevaran a su planeta para usarnos como comida. Pero vamos nosotros estamos perfectamente cuerdos.
Vale, Patry Bruha quiere saber si, en el caso de que tuvierais que compartir casa con alguno de vuestros personajes, ¿lo haríais con los niños malos o con los del Freakfanato?
Ya compart… – comenzó a decir Javi justo antes de que el codo de Laura se le clavase en las costillas. Marco abrió mucho los ojos y tuvo que hacer grandes esfuerzos para no bañar a la pareja con el trago que acababa de llevarse a la boca.
Pues verás yo si pudiera elegir, no elegiría a ninguno. Bueno, quizás a Etel y Ludvik porque son nuestros pequeños “yo” – prosiguió la Desquiciada mientras su compañero recuperaba el aire y la miraba con gesto serio. Laura continuó, sin hacer caso, con su respuesta -. Me gusta dormir a pierna suelta sin tener que andar pensando en que alguno de los pequeñuelos, por ejemplo Kenina de El Freakfanato, me va a usar de antorcha humana; o que cuando despierte me va a faltar un brazo porque al bueno de Sergei de Los Niños Malos, le ha dado un ataque de gula nocturna.
Esta pregunta quizá os parezca algo rara, así que si no queréis no la contestéis – dijo Marco con cautela -. Hell Pinhead pregunta: ¿La máscara y la motosierra vienen de serie o son opcionales?
La pareja soltó una carcajada antes de que Javi respondiera:
No, no vienen de serie. De hecho nosotros tuvimos que ahorrar muchos meses para conseguirlas. Cualquier nuevo miembro de Desquiciados SC tiene que tener en cuenta que, si quiere máscara y motosierra, se tiene que ocupar él mismo de conseguirlas.
Eso sí, nosotros no vamos a discriminar a nadie por no querer usar máscara o motosierra – añadió Laura -, ese no es nuestro estilo. Aceptamos personas con machetes, espadas de doble filo, ganchos, cadenas…
Marco, en cualquier otro momento, y en cualquier otra compañía, se hubiera reído con gusto con la respuesta, pero las extrañas circunstancias que se le habían revelado no le permitían dejar de mantenerse en guardia. Eso fue algo que no pasó desapercibido a sus entrevistados.
¿Te pasa algo? – preguntó Laura – Estás muy serio esta noche. ¿Estás bien?
Sí, sí, creo… creo que la cerveza me ha sentado algo mal.
Vaya tela… – dijo Javi resoplando – Si quieres lo dejamos por hoy y terminamos mañana.
Una noche más en esa compañía no sería muy bueno, que digamos, para sus nervios, por lo que se apresuró a contestar:
No, no. No pasa nada. Además, sólo quedan un par de preguntas y ya terminamos. No os preocupéis de verdad.
Continuemos pues.
Vale. Noe López quiere saber en qué lugar está el sitio donde acaban los niños malos.
Ayyyy, la curiosidad humana… – respondió Javi.
Habrá gente que piense que ese Inframundo es un sitio imaginario – añadió Laura adoptando un aire misterioso -. Que un lugar así no puede existir. Pero existe. Está en el mismo plano donde habitan las pesadillas, los malos pensamientos, los sentimientos oscuros, la envidia, el miedo…
Por suerte, solo algunos pobres desgraciados llegan allí y, por la propia naturaleza del sitio, no pueden salir jamás. El resto estamos a salvo. Y yo que tú, no intentaría buscarlo movido por la simple curiosidad.
Tomo nota de ello – dijo Marco tragando saliva disimuladamente-. A Max Von Tännhauser le interesa saber cuándo sacaréis a la venta los peluches de vuestros personajes.
Pues verás, intentamos que grandes firmas como Famosa, Bizak, Injusa o MB, se hicieran cargo de la fabricación, pero, no nos preguntes por qué, nunca dieron señales de vida. Y eso que una muñequita de Alegra, sería la ilusión de cualquier niña. Luego pensamos que si ellos no se hacían cargo, podíamos hacerlos nosotros mismos, pero lo nuestro no es la costura así que cejamos en nuestro empeño por un tiempo.
Es algo que tenemos pendiente y que de vez en cuando vuelve a aparecer en los primeros puestos de la lista de cosas pendientes.
Y la última pregunta. Y la más seria, os aviso. Athman M Charles Ath pregunta: Salvando obviedades: ¿Que creéis que os diferencia realmente de otras editoriales similares?
Bueno, que nosotros solo nos editamos a nosotros mismos – contestó Javi riendo.
Es un “yo me lo guiso, yo me lo como” – añadió Laura.
Además de tener un presupuesto limitadísimo para sacar tiradas muy pequeñas con la esperanza de cubrir los gastos con la venta, escasos conocimientos de marketing para darnos más a conocer…
Sí, el jodido marketing…
Después de unos segundos de silencio tras las últimas palabras de Laura, Marco apagó la grabadora y sonrió aliviado.
Bueno. pues esto es todo. Muchísimas gracias por vuestra colaboración. Una vez revisada y corregida, va a quedar una entrevista muy chula.
Nada hombre, gracias a ti – respondió Javi repantigándose en el asiento.
Ojalá todos salgamos ganando con ella – añadió Laura con una sonrisa en la cara -. Tú con tu chica y nosotros dándonos a conocer a más gente.
Ojalá – contestó Marco también ahora sonriendo.
Recogió sus cosas mientras la pareja daba sendos sorbos a sus cervezas e intercambiaban impresiones acerca de la velada.
Bueno, yo me voy a ir. Tengo mucho trabajo que hacer. Quiero publicar el material cuanto antes y que lo vea María. Bufff, pero antes voy al servicio.
Marco se dirigió por el largo corredor hacia la escalera que llevaba a los baños. Por fin se había relajado. Ahora recogería su mochila, iría a su piso, transcribiría la entrevista y se olvidaría para siempre de esa extraña pareja. Mientras vaciaba la vejiga en el urinario pensaba en que esa sería la última vez que lo haría en ese sitio, ya que tenía la intención de no volver a pisar ahí en lo que le quedaba de vida.
Cuando se estaba subiendo la cremallera, la iluminación dio un bajonazo, y escuchó el chisporroteo de las bombillas en el interior de las viejas lámparas. Salió del servicio y subió las escaleras siendo recibido por una espesa penumbra que se había hecho dueña del local. No se oía nada y la poca gente que había tan sólo unos minutos antes había desaparecido. Comenzó a caminar casi a tientas hacia la mesa donde estaban los desquiciados, y su mochila, y a medio camino fue incapaz de dar un paso más.
Miraba ahora con los ojos muy abiertos hacia el lugar donde había permanecido sentado toda la noche, y vio, junto a su silla, una niña que estaba parada enfrente de la pareja. Si no fuera por las extrañas circunstancias que se daban en ese momento en el local, ver a una niña charlando con la pareja no resultaría nada especial, pero Marco tuvo la sensación de que esa no era una niña normal. Reunió el valor suficiente y comenzó a caminar muy despacio hacia ellos, y cuando estuvo apenas a un par de pasos, un tremendo escalofrío le recorrió el cuerpo al ver la escena que se desarrollaba frente a él.
Efectivamente, se trataba de una niña. Quizá tendría unos once o doce años, pero lo que hizo que las rodillas de Marco flaquearan era su aspecto. Vestía un ajado vestidito blanco y una, también blanca, enmarañada melena caía sobre su espalda. Su rostro era hermoso, como de muñeca de porcelana, pero sus ojos… Sus ojos permanecían cerrados y lágrimas de sangre se escapaban lentamente de ellos y resbalaban por sus pálidas mejillas. Bajo sus pies se había formado un charquito de agua sucia que se mezclaba con sus lágrimas carmesí. Movía los labios como si estuviera diciendo algo, pero ningún sonido salía de ellos. El silencio era casi absoluto, tan solo roto por una especie de ligeros rasguños, lo que hizo que Marco dirigiera su atención a los Desquiciados, ya que el sonido lo producían ellos: Laura dibujaba frenéticamente en un folio sobre la mesa y Javi escribía en su cuaderno de la misma forma. Ambos mantenían la mirada fija en la misteriosa niña y sus ojos se habían vuelto totalmente negros. Las lámparas seguían parpadeando y, al hacerlo, Marco distinguió sombras extrañas, como grandes tentáculos, que se movían sobre las paredes tras ellos. Acababa de mear, pero de nuevo sintió la necesidad. Estaba a punto de salir corriendo, muy lejos de allí, cuando la niña dejó de hablar. Por un momento, la pequeña se giró hacia él, y le hubiese mirado fijamente a los ojos si los de la niña no permanecieran cerrados todavía. Después, poco a poco, una sonrisa nació y creció en su, antes serio, rostro antes de darse la vuelta y comenzar a caminar en dirección a la puerta principal. Pero, como momentos antes había sucedido con una de las camareras, a medio camino, la niña se desvaneció en la oscuridad.
Todo volvió a la normalidad en un instante. La iluminación se mantuvo fija, las sombras desaparecieron y el charco que había bajo la niña ya no estaba. En la mesa descansaban, ahora, un sucio boceto con la imagen de la niña y un cuaderno garabateado con una caligrafía ilegible. Cuando Marco dirigió la vista hacia la pareja, comprobó que ambos clavaban sus miradas en él con gesto serio.
No deberías haber visto esto – le dijo Javi.
No se molestó en contestar. Con un rápido movimiento, cogió su mochila y salió corriendo a toda prisa hacia la salida.
¡No deberías haberlo visto! – escuchó de nuevo, esta vez una voz gutural y aterradora, justo antes de salir a la calle.
Corrió y corrió, esquivando como podía a la gente que a esas horas disfrutaba de una cálida noche primaveral, a pesar de que unas enormes nubes grises se distinguían en el negro cielo. No se detuvo hasta haber dejado bien atrás la maldita taberna, y obligado, ya que su cuerpo se negaba a dar un paso más sin que los pulmones fueran a reventarle. Se metió en una boca de metro y cogió el primer tren que pasó sin fijarse siquiera a donde se dirigía. No le importaba, si lo hacía lejos de allí. Después de seis estaciones y una vez recuperado el aliento, intentó poner su cabeza en orden. Lo primero que debía hacer era volver a su casa. Miró un mapa del suburbano que había pegado en la pared del vagón y trazó la ruta más corta hacia ella. Treinta minutos después, tras haber recorrido en tiempo record la distancia entre la estación de metro y su casa, introducía la llave de su portal y subía a su piso. Una vez dentro, tiró la mochila bien lejos y se sentó en la cama escondiendo la cabeza entre las rodillas. Por ella pasó de nuevo toda la escena de la niña. Revivió de nuevo la sensación que se apoderó de él en el momento en que comprendió que se trataba de una de los niños malos sobre los que escribían los Desquiciados.
Mientras la veía mover los labios, supuestamente relatando su historia, comenzó a sentir un dolor y un sentimiento de culpa que, surgidos de la nada, se abrazaban implacables a su acelerado corazón. Pero después de pensar un poco con claridad, comprendió que esos sentimientos no le pertenecían a él, sino que eran algo con lo que la niña cargaba irremediablemente. Cuando terminó su relato y dirigió su ciega mirada hacia él, esos sentimientos comenzaron a debilitarse poco a poco, hasta que desaparecieron justo en el momento en el que la niña le obsequió con esa modesta sonrisa.
Hasta ese momento, no se le había pasado por la cabeza que las historias relatadas en la web de los niños malos fueran reales, pero tras vivir in situ la aparición de una de ellos le hizo planteárselo muy en serio. Una teoría tomó forma en la cabeza de Marco mientras continuaba sentado en la cama: quizá el hecho de que estos niños compartan su historia con los Desquiciados, sea algo que ayuda a su espíritu a encontrar un rinconcito de paz en medio de su cruel condena. Quizá los Desquiciados contribuyan a una posible salvación de esos niños, una vez reconocidos los malvados actos que les han hecho terminar en ese oscuro lugar. Quizá.
Al rato, se tumbó en la cama, más tranquilo. Todo había terminado y tenía la seguridad, asentada por un gran deseo de ello, de que jamás volvería a ver a la extraña pareja. Con esa convicción se quedó dormido al poco tiempo.
Un trueno lo despertó poco después. Se incorporó sobresaltado y, tras del susto inicial, se asomó al ventanal del balcón para ver cómo varios relámpagos iluminaban el cielo nocturno no muy lejos de allí.
Vaya nochecita – y una sensación de lobreguez le atravesó de arriba abajo.
Se había desvelado completamente, así que, con repentina decisión, buscó su mochila por el suelo. Allí estaba, justo en el sitio en el que la había tirado al llegar. Fue hacia ella y sacó su grabadora, dispuesto a terminar con lo que había empezado. Aunque no tenía ninguna gana de volver a dar vueltas al tema, decidió que, de todas formas, era una buena historia. Podría relatar la entrevista de forma novelada, para darle un toque de misterio. Seguro que a María le encantaría.
Transcribió la grabación a toda velocidad. De vez en cuando, se escuchaba algún sonido extraño, al igual que la noche anterior, pero la amenaza de Laura parecía haber surtido efecto y tan solo se repitieron en un par de ocasiones. Cuando terminó la transcripción, comenzó a dar forma a su historia, desde que entró en la taberna con la esperanza de declarar su amor, hasta el momento en el que la abandonó. Aunque esa parte la maquilló un poco. Las palabras fluían imparables y con una creciente sensación de euforia terminó relativamente rápido.
Miró el reloj y vio que marcaba las cuatro cuarenta de la madrugada. Después de haber leído y releído un par de veces su obra, y de haber hecho las correcciones oportunas, decidió que todo estaba listo. Sintió una extraña emoción justo antes de guardar el archivo en el disco duro.
Fuera, la lluvia había empezado a caer, y ahora las gotas golpeaban contra el ventanal del balcón empujadas por el viento. Marco entró en el panel de control de su blog dispuesto a publicar una nueva entrada con su gran obra. Por la mañana, María la vería y seguro que por la tarde, en clase, le expresaría su agradecimiento. Entonces aprovecharía para decirle todo aquello que se guardaba para sí desde hace mucho tiempo. Cuando la tuvo lista y comprobó con la vista previa que todo estaba en orden se dispuso, tras unos interminables momentos de dudas, a confirmar la publicación. Sin embargo se dio cuenta de que, con el frenesí de la escritura, se le había olvidado algo. En su móvil todavía estaba la foto que había sacado a escondidas a los Desquiciados. Serviría para ilustrar la historia, aunque en el fondo temía que la pareja no se lo tomara muy bien después de advertirle que nada de fotos. Pero decidió correr el riesgo. “De perdidos al río”, pensó. Cogió el teléfono y lo conectó a su ordenador. Buscó la foto en cuestión y, al momento, apareció copando toda la pantalla y haciendo que de nuevo el corazón de Marco comenzase a acelerarse hasta límites insospechados. En la imagen aparecía el sofá donde habían permanecido sentados durante la entrevista. Pero sobre él, en lugar de un chico y una chica normales y corrientes, como Marco les había visto, había dos sombras totalmente negras y desenfocadas, que contrastaban con la nitidez absoluta del resto de la foto. Pero no era lo único anormal. Ahora pudo ver claramente qué era lo que había producido las extrañas sombras que vio mientras la niña aparecida relataba su historia: efectivamente, grandes tentáculos surgían alrededor del sofá de los desquiciados, como si hubiese caído sobre de un pulpo gigante y éste luchase por liberarse.
Otro trueno retumbó más cerca e hizo que Marco, sobresaltado, dirigiera su vista al balcón. En ese preciso momento, otro relámpago iluminó el cielo nocturno a la vez que recortaba dos oscuras siluetas con alas de murciélago que permanecían de pie en su balcón y escudriñaban el interior con unos ojos que parecían arder como brasas.
Un intenso temblor se adueñó del cuerpo de Marco y lo hizo caer de la silla de espaldas. En el suelo comenzó a sentir como toda la habitación daba vueltas a su alrededor, y él era incapaz de detenerla. Su corazón le golpeaba el pecho como si quisiera escapar de él, y huir muy lejos, y su cuerpo se convulsionaba mientras echaba espumarajos por la boca. Cuando, tras unos interminables momentos, se detuvo por completo, tenía la mirada fija en el techo. Estaba totalmente consciente, pero a pesar de sus esfuerzos fue incapaz de mover un solo músculo. Oyó como la puerta corredera del balcón se abría y el sonido del fuerte chaparrón inundaba el cuarto. Escuchó como las dos terribles figuras que tanto le habían aterrorizado avanzaban lentamente sobre el parqué. Pero se sorprendió cuando por delante de sus ojos, una mano normal y corriente se movía de un lado a otro, quizá comprobando su grado de consciencia. Cuando la mano desapareció, el techo ocupó de nuevo su campo visual. Después, sobre el sonido de la tormenta pudo escuchar varios clicks del ratón de su ordenador. Luego, durante interminables minutos, tan solo escuchó la incesante lluvia. Era un sonido muy relajante, y tuvo la sensación de que todo su cuerpo se aflojaba. Quizá, inconscientemente, se preparaba silenciosamente para partir de este mundo. Justo en ese momento las caras de la pareja que, tan bien conocía y tanto temía volver a ver, irrumpieron en su campo de visión. Tras unos segundos, que se le hicieron eternos, ambos esbozaron una malévola sonrisa y uno de ellos alargó su mano hacia él. Sintió como le recorría alrededor de los labios. Le estaba limpiando los restos de espuma de sus convulsiones. Tras ello, lo último que sintió fue el leve contacto de un dedo sobre su frente. Después, todo fue penumbra.
EPÍLOGO
Tras el contacto, una fina capa de niebla cubrió los inertes ojos de Marco. Ambos se miraron con gesto de resignación y de nuevo dirigieron su atención a la pantalla del ordenador donde la nueva entrada del blog se preguntaba impaciente cual sería su destino.
Lástima, el chaval se lo ha currado – dijo Javi.
Sí, la verdad es que le ha quedado bastante bien – contestó Laura seria.
¿Te imaginas qué pasaría si esto se diera a conocer?
Hombre, la verdad es que para una mente cerrada, podría parecer nada más que una simple historia fantástica, como miles que hay por ahí.
Sí, eso sí. Pero siempre hay alguien que mira un poco más allá y le puede la curiosidad. Y a mí me dan una pereza los curiosos…
Te comprendo. Tantos siglos… – y añadió tras un momento de nostálgico silencio – La tormenta parece haber amainado y está a punto de amanecer. ¿Te has ocupado de la grabadora y de la foto?
Sí, está todo borrado – en la pantalla del portátil permanecía la ventana de confirmación: ¿Publicar? ¿Eliminar? -. Tan sólo queda la entrada del blog.
Miraron a su alrededor y echaron una última mirada al pobre Marco, que yacía en la misma postura con una aterradora sonrisa en su cara que no mantenía armonía alguna con el resto de su rostro. Javi se giró hacia el ordenador, desde donde la entrada con la historia escrita por Marco parecía tirarle de la manga, impaciente por llamar su atención.
¡Qué coño! – dijo, y Laura asintió de acuerdo con él.
Momentos después ambos se deslizaban a través de la oscuridad de la noche hacia el suelo de las mojadas calles, mientras el portátil de Marco lanzaba otro mensaje al mundo:

Entrada publicada correctamente.

The End