Archivo por meses: octubre 2017

Colorín Ensangrentado Series: 03 – La Sirenita

Ariel, de pie en el camarote donde el príncipe dormía con su esposa. Sostenía el cuchillo que le había sido entregado por sus hermanas mientras la certeza de que nunca podría volver a su vida anterior en las profundidades del océano caía, pesada, sobre ella. No podía cometer un acto tan terrible como era arrancar el corazón de su amado, precio que debía pagar para regresar. Acarició suavemente su rostro, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Cuando llegó a ella, el recuerdo de todo lo que había pasado en las últimas semanas la hizo detenerse: el profundo amor que había sentido por el príncipe cuando, aún siendo una sirena, vio su rostro por primera vez; la necesidad incontrolable de convertirse en un ser humano para estar con él, aunque eso significara hacer un trato con la temible bruja de las profundidades, la cual se había quedado con su voz a cambio; el dolor de mil agujas que se clavaban en su alma cada vez que daba un paso con aquellas piernas que de tan poco la habían servido; la pérdida de sus seres queridos, que antaño se agolpaban a su alrededor para escuchar sus hermosos cantos; la incapacidad de hacer entender al príncipe que aquella a la que había tomado como esposa no era, como él pensaba, la que le había salvado de morir ahogado.Desde el principio de su nueva vida, la esperanza de que el príncipe la viera algún día como ella le veía a él le ayudó a soportar el dolor, a ver esos sacrificios como una simple piedra en el camino de su felicidad. Pero todo había sido en vano. Él había elegido a otra, y ella habría de aguantar esa carga hasta el fin de sus días. Sola.

-«Pues va a ser que no» – pensó.

Volvió sobre sus pasos con los dientes apretados, con un rápido movimiento cargado de furia clavó el puñal hasta el mango en el pecho del príncipe.Por un momento se quedó mirándole, mientras sostenía su corazón, que aún latía en su mano. Los ojos del príncipe se habían abierto de par en par y boqueaba tratando de decir algo, pero tan solo un hilillo de sangre salió de su boca. Ariel salió del camarote ignorando los aullidos de terror de la nueva viuda.

Tras deshacerse de toda la ropa que llevaba encima, Ariel se lanzó por la borda a las revueltas aguas que la acogieron de nuevo en su seno.Nada más sumergirse, el corazón del príncipe se deshizo en su mano. Su vieja cola reapareció y el dolor producido por sus antinaturales piernas se esfumó. Volvió a sentirse viva, más que nunca tras haber terminado con su suplicio. Quiso cantar, pero tan solo burbujas salieron de su boca. Por lo visto, el trato de sus hermanas con la bruja no incluía devolverle su preciosa voz. Siguió nadando, quitándole importancia al asunto. Al menos volvería con su familia, con sus amigos…Sin embargo, el recibimiento que le dieron no fue el que ella esperaba. Su padre, el Rey Tritón, enterado ya de todo lo sucedido esa noche, renegó de ella. Quizá hubiera podido perdonarla por abandonar su hogar para siempre por un humano, era joven y alocada, ya lo sabía. Pero lo que no concebía es que una criatura tan dulce como ella hubiera sido capaz de cometer un acto tan abominable como acabar con la vida de otro. Por ello, y con todo el dolor que un padre puede sentir por la sangre de su sangre, la desterró fuera de sus aguas y prohibió su regreso bajo pena de prisión por el resto de su vida.

Ariel nadó durante días, incansable, lejos de todo lo que amaba y que no supo apreciar en su momento. Llegó a un lugar donde las aguas eran más oscuras de lo habitual, incluso cerca de la superficie. Allí no moraba ningún otro ser vivo. Nadie que pudiera decepcionarla de nuevo.Pasaron los años. Desde la muerte del príncipe los humanos habían perdido el respeto reverencial que desde siempre habían tenido por el mar. Se había corrido la voz de que una malvada criatura enviada por él había sido la que había puesto fin a la vida de su príncipe de una forma tan terrible. Durante un tiempo se dedicaron a esquilmarlo sin medida. Arrasaban con todo lo que se les ponía por delante. Cuando vieron que cada vez era más difícil sacar provecho, no tuvieron reparos en convertirlo en su vertedero. Todos los días, barcos cargados de los desechos producidos por sus ciudades vertían su contenido en las aguas que se iban tornando cada vez más oscuras. Toda clase de basura flotaba hasta el alcance de la vista y poco a poco las criaturas que habían sobrevivido antes, fueron desapareciendo. Solo las más fuertes consiguieron resistir, ente ellas Ariel, pero a qué precio.Los mares no volvieron a ser lo mismo desde que un puñal empuñado por un amor roto arrancase la vida del príncipe.

Ariel se sentía responsable de todo lo que vino después, pero lejos de encerrarse en su soledad y su remordimiento, lejos de compadecerse eternamente, quiso enmendar de alguna forma el mal que había provocado a los suyos.Desde entonces, por todo el reino se esparcen rumores. Historias de barcos hundidos y de tripulaciones desaparecidas. Unos hablan de una hermosa criatura que hechiza con su canto a los insensatos marineros que antes de darse cuenta zozobran sin remedio contra las rocas; otros, de un espantoso ser que amparado en la oscuridad de la noche aborda los barcos y devora a todo aquel que encuentra en su camino.Una vez los humanos le parecieron seres maravillosos, pero de ellos tan solo había obtenido sufrimiento. Quizá el devolverles una parte, le sirva para atenuar algo ese dolor que la acompañará hasta el fin de su vida.

Boops de las profundidades


Las profundidades marinas son todo un misterio para los seres humanos. Por eso, hace cientos de años, en estos abismos y llegados de aguas menos profundas, vinieron a esconderse toda clase de criaturas: sirenas, hadas acuáticas, brujas y genios. Su prioridad era alejarse todo lo posible de los trastornos que los humanos empezaban a causar en estas especies con sus barcos, redes y arpones. Todo ello, producto de su excesiva curiosidad, a veces malsana,  por los escurridizos seres mágicos que apenas se dejaban ver.

Desde el principio las cosas fueron muy difíciles para Boops y los demás genios. La falta de luz y el gran silencio que se extendían por aquellas recónditas zonas del planeta, causaban temibles estragos en su estado de ánimo. Algunos incluso habían llegado a marchitarse hasta dejarse morir.

Los genios siempre han sido seres juerguistas y alegres, amantes del jaleo y las buenas celebraciones. Su pasatiempo favorito consistía en colarse sin ser vistos en las fiestas realizadas por los piratas en sus barcos, tras haber conseguido hacerse con un buen botín. Para un genio, que podía pasar inadvertido a los ojos humanos gracias a su pequeño tamaño y capacidad para volverse invisibles, no había nada mejor que unirse a los cánticos, bailes y consumo desmesurado de ron, sin ser vistos.

A veces, cuando un genio consumía más alcohol del debido, se relajaba y sin darse cuenta, su facultad de volverse transparente pasaba a un estado de semitransparencia que alertaba a alguno de aquellos aguerridos piratas que, afortunadamente, tras unos segundos de sorpresa acababan pensando que era una visión causada por su profundo estado de embriaguez.

Los piratas eran los seres humanos favoritos de los genios marinos. Personas sin moral, sin prejuicios y sedientos de libertad. Y a veces, aunque un poco de más para el gusto de los genios, de sangre y por supuesto, de ron. Ese ron que tanto gustaba a Boops.

Un día, o noche (en los fondos abisales era imposible saberlo), Boops, que llevaba más de doscientos años aburrido como una ostra, decidió que era hora de asumir las consecuencias de abandonar aquellas profundidades para unirse de forma definitiva a las aventuras de sus idealizados piratas. Si cualquier habitante mágico de las profundidades se acercaba un mínimo a la superficie, quedaría desterrado para siempre y tendría que asumir los riesgos de vivir expuesto y en soledad cerca del mundo de los peligrosos humanos. Pero Boops había llegado a un punto de tedio y desesperación, que el solo hecho de verse otros doscientos años nadando de un agujero oscuro a otro y escuchando por enésima vez a las antaño divertidas sirenas quejarse sobre si su antes bronceada piel se estaba volviendo grisácea por la falta de luz solar, le ponía el tupé más de punta de lo que ya lo tenía.

Boops lo había pensado todo al detalle: los piratas le dejarían viajar con ellos y beber todo el ron que quisiera a cambio de protección contra las tormentas y la formación de corrientes favorables en los días de poco viento. Eso le ayudaría a, con el paso del tiempo, ser bien considerado y, quien sabe, en algún momento incluso, elegido Capitán. El trato era perfecto para ambas partes, así que, ignorando las advertencias de sus compañeros de especie, que a pesar de estar tan aburridos como él no querían correr ningún riesgo, emprendió su camino ascendente sin mirar atrás.


Cuando llegó al punto en el que la luz del sol consigue abrirse paso a través de las azules aguas, la felicidad le embargó como hacía siglos, así que apretó el ritmo para sentir el calor de los rayos solares. Cuando alcanzó  la superficie un olor extraño llegó hasta su nariz, el agua olía raro y trozos de algo inerte flotaban formando pequeñas islas. A lo lejos vislumbró un inmenso armatoste flotante y voló hasta alcanzarlo, estaba fabricado de un material pesado y frio y dejaba a su paso un rastro de algo pegajoso, apestoso y brillante.

Quizás las brujas que habían decidido retirarse con los demás seres mágicos a las profundidades, a pesar de que su aspecto las hubiera permitido vivir como humanas en la superficie, tenían razón después de todo. Iban contando por ahí que en sus bolas mágicas veían un mundo enfermo y contaminado por la acción del ser humano. Pero Boops estaba tan ansioso y centrado en llevar a cabo su plan de convertirse en un temible pirata, que siempre había querido pensar que era una estratagema articulada por la Reina de los Mares para mantenerlos presos ahí abajo y, el genio, había hecho campaña activa ante todos en contra de estas advertencias.

Boops voló y nadó de un lado a otro en busca de un barco de madera con el mástil adornado con su amada Jolly Roger, pero todo lo que encontró fueron artefactos contaminantes, acumulación de basura y animales capturados en masa. Las brujas estaban en lo cierto y él ya no podía volver para decírselo.

Y así es como Boops llegó a Villaoscura y nos contó su triste historia.

No sabemos si este es el lugar adecuado para un genio, pero vamos a dejar que pase unos días con nosotros descontaminándose y cuando esté recuperado del todo, dejaremos que vuele hasta los oscuros mares de Inframundo donde las bestias marinas son realmente aterradoras, los piratas sanguinarios como pocos y llevan sus bodegas cargadas de barriles del mejor ron. Ojalá Boops consiga hacer realidad ese sueño que le llevó a abandonar a sus amigos y conocidos para siempre.

 

Colorín Ensangrentado Series: 02 – La Bella Durmiente

El príncipe consiguió salir a trompicones del espeso bosque de zarzas gigantes que protegían el viejo castillo. Esa mañana se había vestido con sus mejores galas, la ocasión lo merecía, pero no contaba con atravesar toda una alambrada de vegetación espinosa dispuesta a hacerle jirones su ropa hasta hacerle parecer un confeti andante. Menos mal que se había puesto muda limpia, porque era lo único que le había aguantado de una pieza.

Ante él se alzaba, por fin, el imponente edificio. Aparentaba ser lo que era: un castillo abandonado durante ciento sesenta y cuatro años. A pesar de su triste aspecto, la leyenda aseguraba que en su interior guardaba un valioso tesoro en forma de hermosa princesa. La pega era que dicha princesa había permanecido presa de un profundo sueño durante todo ese tiempo, y el príncipe no sabía lo que iba a encontrarse. Cruzaba los dedos para que fuera cierto lo que le habían contado: que un hechizo la protegía del paso del tiempo y mantendría la misma belleza por la que fue famosa en su época. Pero también cabía la posibilidad de que le hubieran colado una trola y se encontrase con un cadáver devorado por los gusanos. Resopló su despeinado flequillo, se subió los calzones hasta cubrir todo lo necesario y emprendió la marcha al encuentro del castillo.

Las puertas estaban entreabiertas, pero por mucho que empujaba no cedía un milímetro. Tampoco es que fuera el más fuerte de la clase. Afortunadamente el hueco entre los dos portones era suficiente para que, metiendo tripa y sufrir algún arañazo más, pudiera escurrirse hacia el interior. Una vez dentro tuvo que esperar unos segundos hasta que sus delicados ojos se acostumbraron a la tenue luz que, por decir algo, iluminaba el gran vestíbulo. Dio un respingo cuando distinguió por toda la sala una serie de siluetas humanas que corrían hacia donde él se encontraba con garrotes, cuchillos y otros objetos contundentes. Tras unos segundos de tensión, volvió a abrir los ojos. Primero uno muy despacio, y después el otro con valor renovado. Abandonó la posición fetal de defensa que le habían enseñado en la escuela de príncipes no valientes y se incorporó muy despacio para observar que la multitud permanecía en la misma posición, inmóvil. Al observar más de cerca, comprobó que, en efecto, en el pasado, justo antes de congelarse en el tiempo parecían correr todos hacia el mismo sitio. Como si tratasen de detener algo o a alguien que se hallaba justo donde él estaba ahora.

En realidad, es una historia bastante curiosa la de estas estatuas humanas. No se trataba sino de los habitantes del castillo, que permanecían bajo el hechizo que les había lanzado el hada encargada de proteger a la niña para evitar que cayera en la maldición que se cernía sobre su futuro. Pues bien, ya que había fallado en su misión principal, y para que la princesa no se sintiera sola al despertar tras cien años de sueño (sí cien años, luego aclararemos este punto), no se le ocurrió otra cosa que lanzar un hechizo a todos los habitantes del castillo para que al igual que la niña, permanecieran “dormidos” hasta que ella despertase. Pero el hacer las cosas deprisa y corriendo lleva a que no salgan como uno espera. Y si una turba colérica se abalanza sobre ti porque tus intenciones no acaban de convencerlos, lo más fácil es que el hechizo se formule deprisa y corriendo, no se vocalice bien y, en vez de dormirlos, tan solo los paralices y sean conscientes en todo momento del paso del tiempo. Menuda faena.

Pero volvamos con el tenaz príncipe al que ni las zarzas asesinas, ni las estatuas humanas amenazantes pudieron doblegar su voluntad.

Repuesto del susto, y tras comprobar que sus elegantes calzones estaban ahora algo húmedos, avanzó directo a unas escaleras que se hallaban en el fondo del vestíbulo. Algo le decía exactamente qué dirección debía seguir. Siempre había presumido de tener un instinto muy afilado para ciertas cosas. Y luego estaban las flechas que había pintadas en el suelo cada pocos pasos marcando el camino, que también ayudaban algo. Ese hada estaba en todo.

legó a un largo pasillo en cuyo final una robusta puerta que se abrió por arte de magia al llegar el príncipe hasta ella. Al penetrar en la estancia, el asombro le hizo abrir tanto la boca que le costó dios y ayuda volver a encajarse la mandíbula. Ante él se encontraba, tendida en un lecho con sabanas de oro, la criatura más bella que jamás había tenido el privilegio de contemplar. Aparte de él mismo, claro. Una joven doncella, yacía cubierta por una fina mantita de hilo dorado. Cerró el puño y celebró que fueran ciertos los rumores. El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera salir al encuentro de su recién descubierto amor. Los ronquidos que salían por su boca entreabierta no importaban, ahora había tratamientos muy eficaces y, además, quizá después de tantos años durmiendo no necesitaría hacerlo nunca más. Se obligó a serenarse, puesto que quería que la primera visión de la chiquilla en su vuelta al mundo de la vigilia fuera la de alguien que transmitiera calma y saber estar. El que alguien que se presentaba ante una jovencita con la ropa hecha flecos, con el cuerpo lleno de arañazos y mostrando unos calzoncillos rojos con corazones blancos un poco húmedos tanto por delante como por detrás, le pareciera una imagen tranquilizadora era digno de estudio.

Una vez terminadas las comprobaciones, recolocado el flequillo rebelde y haber comprobado su aliento, avanzó hacia su amada a la vez que un murmullo de expectación parecía levantarse por todo el castillo. El príncipe caminó ajeno a lo que le rodeaba con los labios en modo “beso de amor verdadero” y justo cuando iba a posarlos sobre la delicada boca de la princesa la habitación comenzó a dar vueltas un breve instante mientras escuchaba un “Ooooohhhh” de fastidio que retumbaba por todo el edificio. Después, oscuridad.

El principesco cuerpo cayó desmadejado mientras un potente chorro de sangre brotaba por el lugar donde segundos antes había llevado la cabeza y su flequillo. Ahora, esta yacía aún con los labios fruncidos al pie de una pila de calaveras que servían de soporte a la cama de la princesita. Con el embelesamiento que le había producido la visión de la durmiente no había reparado en los cuerpos que yacían por toda la estancia en distintos grados de descomposición.

La sombra que había surgido del cuerpo de la joven y que había rebanado el perfumado cuello de nuestro galante protagonista, justo antes de que este rompiera la maldición, regresó a su lugar de reposo en el corazón de la bella durmiente.

“Cien años han de pasar hasta que la princesa reciba un beso de amor verdadero, y con ello la maldición llegará a su fin.” Así rezaba la profecía. La maldición original suponía que al cumplir dieciséis años la princesa caería en el sueño eterno de la muerte al pincharse con la aguja de una rueca. Lo de los cien años de sueño con final feliz fue un apaño que la antes mencionada hada protectora se sacó de la manga para evitar tan cruel destino a la inocente niña.

Pero la pobre hada, que tiempo después perdió sus alas por sus continuas meteduras de pata, no contaba con que la princesa tuviera una parte de marmota en lo más hondo de su espíritu. El subconsciente de la joven no creía que cien años de sueño fueran suficientes. Con lo a gustito que se encontraba ella en su cama calentita con su manta y con su bolsa de agua siempre caliente a los pies, cortesía del hada. Con el paso del tiempo logró materializarse en la sombra mortal que surgía de la niña cada vez que alguien amenazaba con despertarla. Y cada vez que eso ocurría, se podía escuchar un lastimero “Ooooohhhh“ procedente de las pobres estatuas humanas que veían desvanecerse otra oportunidad de volver a la vida animada.

Sesenta y cuatro años habían transcurrido más allá de los cien que se profetizaron, y quién sabe cuántos más habrían de pasar hasta que la bella durmiente decidiera que ya había descansado lo suficiente. Por lo pronto, se arrebujó en su mantita y se giró a un lado con una sonrisita de placer.

Y colorín ensangrentado…